La concentración no es cosa de adultos

¿Cuántas veces te has concentrado hoy? Te has detenido en una actividad como si no existiera otra cosa en el mundo. Tu mente estaba allí y tan solo allí, en ningún otro sitio más. ¡Qué difícil es y más hoy cuando las cosas suceden tan rápido y nos enteramos constantemente de todo! Nos llegan mensajes de whatsapp, de Instagram, por todos los medios. ¡Tenemos a tantas cosas en mente! Es complicado apartarse un poco de este mundo.
 
Pues que sepamos que la concentración no es cosa de adultos. Esa sensación que tenemos cuando practicamos la meditación por unos minutos, por ejemplo. Esa misma que nos hace situarnos en el momento presente, que al final es lo único que tenemos, ¿no es así? Sentir el cuerpo y la mente como una sola cosa a través de la respiración. ¿Y si te cuento que ese trabajo que tenemos que hacer como adultos, lo hace mucho más fácilmente el niño y por mucho más tiempo?
 
Es verdad que no nacemos con la capacidad de concentrarnos, sino que la practicamos de manera natural cuando somos un bebé, hasta alrededor de los 6 o 7 años. Y luego, ¿qué? Pues tendremos que trabajarla con más esfuerzo, como hacemos cuando meditamos.
 
Observa a un niño de alrededor de 1 año sentado en la cocina cogiendo los potes del armario en un abrir y cerrar constante. Seguramente podría estar unos veinte minutos haciendo lo mismo.
 
Cuando el adulto le ofrece al niño un ambiente dónde pueda satisfacer sus necesidades de desarrollo y que tenga libertad de elección, este desarrollará naturalmente la concentración. Y si el niño encuentra en el ambiente en el cual crece algo que es interesante para él, desarrollará la motivación y la creencia de que el esfuerzo es algo positivo. Trabajar será un placer para él.
 
El niño tiene algo que podríamos llamar de guía interior que hace con que por si solo escoja una actividad que corresponde exactamente con su necesidad en la etapa de desarrollo que se encuentra. Y eso le importará mucho más que cualquier cosa que nosotros, adultos, le ofrezcamos. Al ofrecerle otra cosa, además, lo perjudicaremos. Interrumpimos su aprendizaje. Lo desmotivamos. No se reconoce porque deja de hacer lo que es necesario para su desarrollo.
 
Y no se trata de que el niño solo haga lo que quiera. No hay que hacer la voluntad del niño. Es necesario diferenciar los caprichos de sus necesidades de desarrollo. Es importante que sepamos y nos detengamos a observarlo para poder percibir que todo lo que sea necesidad de desarrollo, sea posible y accesible en su ambiente. Le permitirá practicar y construirse como ser humano.
 
A nosotros nos encantaría poder ayudarte en la creación de ese ambiente. Observa las necesidades de tu bebé y escríbenos.

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