Disciplina positiva en la conducta de padres e hijos

Hoy os planteo una pregunta que a mi me ha movido bastante: “Si los adultos quieren que los niños aprendan a dominar su conducta, ¿es demasiado pedir que ellos aprendan a dominar la suya?” (del libro Cómo educar con firmeza y cariño, de Jane Nelsen)

Desde la perspectiva de la disciplina positiva, es una de las preguntas que me planteo constantemente como madre.

Esta semana me he visto conversando con mis hijas en nuestra reunión familiar: si, coloco una música tranquila, estilo para meditación, nos sentamos cómodas en el suelo como se sienta mejor cada una y empezamos a hablar de cosas que hemos hecho en los últimos días y de como nos hemos sentido.

Juntas y también con el papá, establecemos nuevos retos en nuestra convivencia, ajustamos los límites necesarios siempre respetando a ellas y a nosotros. Nos parece fundamental saber lo que piensan y lo que sienten y que ellas también sepan lo que sentimos nosotros.

En un momento, yo les comenté que me molestaba mucho que no terminaran de organizar sus habitaciones, que dejasen las cosas tiradas y tal. Y mientras hablaba, miré hacia un lado y observé cosas mías tiradas cerca de donde estábamos sentadas. Luego, las miré a las dos a los ojos y me detuve por unos segundos. Naturalmente pensé: ¡Ups, ¿qué estoy haciendo? Os confieso que me sentí muy injusta con ellas.

Esa situación me descolocó por completo durante todo el día. ¡No podía dejar de pensar en ello!

Empecé a observar mis cosas de manera más crítica hacia mi misma y luego concluí que si quería que mis hijas colaborasen más en la organización de la casa o que se responsabilizaran más por sus cosas, yo tendría que cambiar y papá también. No solo tendríamos que empezar a ser más cuidadosos con nuestras cosas sino que nuestra reacción frente a la no organización en casa debería estar más basada en el respeto: no tengo que forzarlas a hacer las cosas porque sí sino que entender y conciliar mi deseo de que lo hagan con sus necesidades en ese mismo momento.

O sea que creo que nuestro gran reto como madre y padre es centrarnos antes que nada en nuestras propias conductas y esforzarnos en ser la mejor versión de nosotros mismos, poco a poco.

Sobretodo en los tres primeros años de vida, los niños absorben todo lo que viven de su entorno. Y el adulto lo es todo para ellos como también su ambiente. En esta etapa es muy importante que tengamos consciencia de la gran responsabilidad que tenemos.

Ayuda trabajar en la construcción de un punto intermedio en la relación con nuestros hijos. No ser permisivo (dejarlos que hagan las cosas cuando quieran y punto) pero tampoco ser estricto o autoritario (tú haces eso ahora porque yo lo digo). Seguramente este es un tema para hablar muchas otras veces y un gran desafío que tengo como madre, os confieso.

Ha sido un ejemplo sencillo de como nuestras actitudes reflejan las actitudes de nuestros hijos. Resulta que ser madre, que ser padre, es más difícil de lo que parece: tenemos que educarlos pero antes tenemos que educarnos a nosotros mismos.

¿Os pasa eso en vuestra relación con los peques? ¿Hay algo en la conducta de ellos que os molesta? ¿Estás dispuesto a cambiar?

Un abrazo,

Juliana Simeone.

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